El peluquero francés es el título de la novela de Guido Rodríguez, ganadora del concurso de novela «Lidia Guanes». El autor conversa y ofrece un fragmento del texto.
-¿Cuánto tiempo le llevó la investigación y la escritura?
-Me llevo mucho tiempo, porque exigió una investigación histórica. No es fácil reconstruir la Asunción ni la vida asuncena de entonces, a causa del mal estado de los documentos y periódicos de la época. Me ayudaron las investigaciones de Margarita Duran e Ignacio Telesca, pioneros del estudio de la vida cotidiana, pero todavía queda mucho por hacer en ese campo. ¿Donde esta, por ejemplo, el Almanaque de 1857, publicado por la Imprenta Nacional? Se perdió como tantos otros testimonios de la época. Pero, para volver a la pregunta, diré que me tomó años, aunque parte del trabajo fue buscar documentos ya desaparecidos de nuestro archivo y Biblioteca Nacional. Después de reunir la información, trabajé cerca de un año en la parte de ficción. No es fácil escribir una novela, considerando que la actividad literaria tiene muy poco apoyo en el Paraguay. Otras actividades artísticas han tenido más suerte, y las envidio.
-¿Hay elementos históricos reales en ella?
-Sí, hay elementos históricos. Por ejemplo, la inauguración del Teatro Nacional el 4 de noviembre de 1855, el día de San Carlos Borromeo, que también era el del cumpleaños de Carlos Antonio López y fiesta nacional. Las fiestas nacionales más importantes de aquel tiempo eran el 4 de noviembre, el 24 de junio (San Juan, día de Juana Carrillo de López) y el 24 de julio, festividad de San Francisco Solano y del cumpleaños de Lopez junior. En las iglesias del Paraguay era habitual que hubiera una imagen de San Carlos, una de San Juan y una de San Francisco Solano, por lo que la gente hablaba de la «Santísima Trinidad».
También fueron acontecimientos históricos los congresos de 1856 y 1857; el primero para modificar la ley reduciendo la edad mínima necesaria para ser Presidente; el segundo para la reelección de Carlos Antonio López. En 1857 hubo dos candidaturas a la presidencia, la de don Carlos y la de Francisco Solano. Cuando todos apostaban por el hijo, el padre decidió que quería ser presidente. Por lo visto, se trata de una constante de la psicología social latinoamericana, porque también el dictador argentino Juan Manuel de Rosas y Alfredo Stroessner acostumbraban a renunciar a la presidencia, solo para que les rogaran volver al cargo. Esa fue la gran confusión de la asamblea del 1 de agosto de 1987, cuando Stroessner decidio poner fin al posestronismo.